miércoles, noviembre 08, 2006

Para siempre es hasta la muerte.

Pese a mi llanto y a mis ruegos, no me permitía acercarme lo suficiente como para robarle nada más que un mísero abrazo, ya que había decidido negarme sus besos.
Ella, parada frente a mí, siempre a dos pasos de distancia, se resistía a llorar entrecerrando los ojos, apretando los labios y mirando constantemente a algo bajo mis pies. Había decidido dejarme y esta vez era para siempre.
Para siempre, ella no lo entendía, significaba para mí una vida sin contenido, un parque inmenso amarillo y sin árboles frente a la ventana de mi cuarto. Para siempre, ella no quería entenderme, significaba echarse a volar sin alas desde el último piso de un rascacielos.
Le dije, al fin, que estaba bien, que no iba a humillarme más, que no iba a seguir implorándole que no me abandone, pero que por lo menos me regale el último abrazo. Le dije que no iba a llorar más por un beso suyo, a cambio de estrechar una vez más su cuerpo por un mínimo momento, porque en ese mínimo momento quedarían las cosas buenas compartidas, y las cosas buenas que algún día volverían a nosotros por distintos caminos, como vuelve la sonrisa por algo distinto a lo que segundos antes nos hizo llorar.
Vi un casi imperceptible gesto de duda, y aproveché para acercarme a ella. Su olor fue lo primero que me invadió, mucho mas fuerte cuanto que mientras más cerca la tenía, por esos pequeños segundos concedidos, más inminente era la pérdida.
Se dejó abrazar y me abrazó también, reclinó su cabeza en mi hombro, y aspirando el olor de su cabello, tan querido por mí, como cada parte de su cuerpo a punto de abandonarme, empecé a apretarla más y más contra mí, más y más fuerte, sin hacer caso de las lágrimas que como un torrente empezaron a brotar de mis ojos, ni de sus gritos que empezaron a estallar en mis oídos, como cuando en los viejos tiempos me gritaba que me amaba y sería mía para siempre.

viernes, octubre 13, 2006

Vacío

Miro fijamente la pantalla hasta que empieza a dolerme un poco la cabeza, a la altura de la nuca. Empiezo a escribir sobre los libros que últimamente he leído, despotrico un poco, lo borro, detallo el argumento de alguno, lo borro. Vuelvo a la pantalla en blanco y levanto la cabeza para mirar lo que debería ser el blanco del techo, pero que ahora es casi crema. Pienso qué pasaría si cayera sobre mi cabeza el ventilador de aspas que gira y gira como la canción de Fito Páez, y aún así no me viene idea alguna. Quiero borrar lo escrito pero advierto que no he escrito nada aún.
Me concentro en algo de mi pasado y el dolor en la nuca me regresa a cada instante al presente. Escribo que el calor se está haciendo insoportable, pero como no hay palabras que sigan a esa oración me concentro en ir borrándola letra por letra, lentamente. Digo, debe ser el cansancio, debe ser que la almohada de plumas de ganso que me compré hace un par de días tampoco era la solución esperada, o debe ser que esta oficina de paredes de Dry Wall, en la que se cuelan sonidos y sonidos, risas y risas, palabras y palabras de secretarias, abogados, abogados y secretarias, no es el lugar mas apropiado para ponerse a pensar en cuál podría ser el contenido del próximo post que, finalmente, no tengo porqué sentirme obligado a escribir.
Y ya que no estoy obligado a escribirlo, no veo la razón para seguir con estas letras en palabras, palabras en oraciones y oraciones en frases, y de nuevo empiezo a borrarlas, lentamente una a una.

lunes, octubre 02, 2006

Ser y no ser

Al centro de una pequeña hondonada hay un niño sentado sobre una piedra apoyada en la base de un eucalipto, la inmensidad lo rodea, enormes montañas, enormes campos verdes tras ellos, enormes nubes y enorme cielo azul. Se está rascando una pierna, mientras mira sin ver lo que tiene delante. No sé como se llama, ni si vive cerca o viene de lejos pastoreando ganado. Hay quienes, sin duda saben de su vida, pero este mismo instante en que lo miro, no existe para nadie mas en el mundo, así como no existe este post para todos aquellos que nunca lo leerán, aunque pasen velozmente por mi blog.

jueves, setiembre 14, 2006

Alguien

Me detengo casi sin querer, casi instintivamente, en las imágenes planas de la televisión: restos de una casa incendiada. Además de las personas dolientes y de las curiosas por el sufrimiento ajeno, o por el sólo acontecimiento de un evento distinto al habitual, se puede ver paredes blancas manchadas por el hollín, restos de algo que puede ser una cocina de mesa, de un sillón rojo con ropa chamuscada encima, y de una cama con cartones y piezas de madera también chamuscados. No se puede saber si la habitación era cocina, comedor o dormitorio, aunque probablemente era las tres cosas a la vez.
No escucho lo que dice el reportero ni me importa. Esquivo las lágrimas de una señora entrevistada y trato de ver las imágenes de fondo. Irrumpe una mujer joven, con el rostro pálido pero no por la tristeza sino por el susto, no mira a nadie en particular, y no permite que la detengan, se dirige a un lugar cercano a lo que debió ser su cama, y de rodillas, sin soltar ni su cartera ni el folder que tiene en la mano izquierda (está vestida con un conjunto sastre de color gris azulado), se pone a buscar algo con desesperación.
La desesperación me atrae aún más, me intriga aún más. Hay algo más importante que la casa, que las lágrimas de sus probablemente padres, y que toda esa gente alrededor. Hay, para ella, algo más importante que todo eso, y casi da miedo ver que es, hasta que lo encuentra, lo toma en sus manos, se pone de pie, llora a gritos y se desmaya: Su Lap Top también se quemó.
Inmediatamente me viene a la mente el incendio de una de las casas del señor Biswas (el personaje principal de "Una Casa para el señor Biswas"). Pero no, en realidad no es exactamente eso lo que me viene inmediatamente a la mente, sino el porqué el señor Biswas compraba casas (destartaladas y feas todas): quería sentirse alguien, quería realizarse a través de los objetos ya que no conocía otro modo de ser más de lo poco que ya era.
Para esa mujer resultaba sumamente valiosa su Lap Top, así como para muchos de nosotros valen tanto los juguetes que vamos adquiriendo, y que nos ayudan a justificar dejar para después detenernos a pensar que somos nosotros los que tenemos que crecer y no las cosas que podemos tener.

martes, agosto 08, 2006

Concentración

Retrocedo, retrocedo, retrocedo. Estoy tomando impulso para saltar adelante, pero creo que ya es mucho lo retrocedido.
Pero ir hacia atrás es también avanzar, no?
Por más atrás que vaya, nadie podría decir que no estoy llegando lejos, porque lejos, lejos, se puede ir en cualquier dirección, así como en cualquier dirección puede uno llegar a ninguna parte después de haberlo intentado bastante.
Esta labor de tomar impulso no es, sin embargo, cualquier cosa. Hay que concentrarse, fijarse un objetivo (uno real y uno imposible, pero deseable), estimularse a lograrlo, obligarse a luchar por ello, no perder la perspectiva, desanimarse de vez en cuando para intentarlo de nuevo, y así seguir retrocediendo pensando que nada está perdido mientras se crea que algo se hará.
Algo se hará, sin duda. Por menos que uno sea, siempre se será alguien. Ser cada vez menos no significa hacer cada vez menos, se puede hacer muchas cosas, pensar muchas cosas, escribir muchas cosas, siendo cada vez mas un código de barras, una imagen borrosa de un hombre caminando por la calle en un comercial de jabones de tocador en que la imagen se centra en una chica alta de piernas largas que camina sonriendo, los labios delgados, y los dientes blancos, blancos, blancos, como las páginas del libro imaginario que no he de escribir, pero en el que pienso mientras retrocedo para tomar impulso.

lunes, julio 31, 2006

A lo que no es

De mi abuelo materno supe que era pastor evangélico y que fundó una pequeña iglesia en un Distrito de Trujillo, El Porvenir. Nunca lo conocí, y cuando murió nada se alteró en casa; ni siquiera mi madre sintió la pérdida, porque él nunca formó parte de su vida.
A mi abuelo paterno lo conocí hace unos 07 años. En las tres o cuatro veces que lo he visto desde entonces, la sensación de estar ante un extraño me ha impedido conversar con él, aunque físicamente se parece bastante a mi papá.
Mi abuelo paterno tampoco ha formado parte de la vida de mi papá, y cuando hace un par de días llamó una de sus hermanas para decirle que él se estaba muriendo y quería verle, no he notado nada distinto en su mirada.
No forma parte de mis recuerdos de infancia la figura de los abuelos, han existido en un universo paralelo al mío, y ahora que se están yendo sé que tendría que sentir que algo importante se esta perdiendo, pero no sabría decir bien qué.

martes, julio 25, 2006

Música es

Cualquier análisis político – periodístico de la situación actual del Perú, inicia o culmina o cita en cualquier momento, aunque no venga exactamente a cuento, la famosa y manida pregunta de Zavalita "¿en qué momento se jodió el Perú?".
Zavalita, al igual que Ambrosio (ambos personajes de "Conversación en la Catedral" de Mario Vargas Llosa), son perdedores, uno por vocación y el otro por formación. Zavalita, de buena familia, no sabe lo que quiere y está jodido por eso. Ambrosio, negro chinchano, ha supeditado su voluntad a quienes han sido sus patrones, y una vez libre para ser alguien, le faltan bolas y cerebro para serlo y llega a la vejez trabajando de apaleador de perros; jodido igual que los perros que apalea.
La pregunta de Zavalita no tiene respuesta aparente, porque aunque del mismo libro se desprende la causa (no sabemos lo que queremos ser o sabiéndolo no tenemos el valor de ir hacia ello), no resulta igual con el momento. ¿Estamos jodidos desde siempre o hay una etapa histórica en que empezamos a jodernos como país, como nación, como perspectiva histórica?.
Hay otra pregunta en ese libro, sin embargo, que tendría que haber sido analizada tanto como la otra. Zavalita sumido en sus pensamientos, en el colectivo que lo lleva a Barranco, piensa en muchas cosas a la vez, y en una de esas se detiene en la música criolla peruana (ésa de cajón y guitarra, ésa de "víbora, ése nombre te han puesto" o de "devuélveme el rosario de mi madre"), y se pregunta "¿porqué es tan cojuda la música criolla?".
¿Alguien se atreve a levantar la mano para opinar?