lunes, abril 09, 2007

Drive

Después de casi 10 años de ser un carrohabiente, he descubierto que verdaderamente disfrutas al carro cuando lo manejas en tramos bastante largos, y más aun si el viaje que realizas sobre él es para llegar al punto de partida.
Lo anterior puede sonar a fraseo barato, si no fuera porque este fin de semana largo he viajado, junto con mi esposa e hija, a Trujillo, la ciudad de la eterna pero esquiva primavera; si no fuera porque he cargado con mis cacharpas y mi temor disfrazado de reticencia, y he conducido por los lugares por los que habitualmente transito dormido.
A simple vista nada extraordinario puede haber en un viaje de 08 horas de ida y 08 de vuelta, sobre todo si todo el camino es asfaltado. Pero lo que surge a simple vista no es lo válido para mí, ni la anécdota de haber visitado la albufera de Medio Mundo o haber almorzado Tacu Tacu en Tatos de Barranca. Lo importante, lo recordable y remarcable, es todo lo que al pasar de mi carro pasó dentro de mí.
Después de casi 10 años de ser un carrohabiente, he descubierto que un viaje largo es el mejor medio para volver en inmediato el temor por la integridad de los seres que no sólo tienes que proteger, sino que esperan que los protejas, e inmediata a su vez la satisfacción de estar protegiéndolos; después de casi 10 años he descubierto que conducir tu propio carro a casa es casi casi como volver de veras, como hijo que va a quedarse a vivir, y no como el habitual visitante que siempre tendrá que irse.

miércoles, marzo 21, 2007

Días cayendo como lluvia

Romina me contesta al teléfono y me pregunta si voy a llegar a casa cuando todavía sea de día, le digo que voy a tratar, me dice ah ya, cambio rápidamente de tema, luego le digo que se porte bien, me dice chau papito, y cuelgo sintiéndome culpable de responderle todos los días lo mismo pero llegar a casa siempre de noche.

miércoles, enero 24, 2007

No soy yo, es Nechaev

Pese a todo lo que pueda decirse al respecto, es difícil diferenciar la justicia de la venganza. En lo que sí hay consenso es en que los tribunales de justicia han sido creados para impartir justicia en nombre de la sociedad, y así evitar que los particulares tengan que recurrir a la venganza.
La administración de justicia es pues, una forma evolucionada y edulcorada de la venganza, y sienta bien desde que para impartirla deben seguirse las reglas de juego previa y expresamente establecidas (el principio del debido procedimiento, le llaman).
No me opongo a ello, y creo que debe seguir siendo así, en la medida que desde nuestra condición de cristianos (y creo que en todas las religiones es así), la venganza por afrentas o agravios personales no es buena, bueno es reclamar y obtener justicia.
Pero cuando las afrentas o agravios son directamente al estado, o mas precisamente, a las instituciones o dineros públicos. Es decir cuando el agraviado es directamente la sociedad, y no la sociedad como tutora del individuo sino la sociedad como tal, ¿cuál es la razón para edulcorar la figura?. La sociedad no es cristiana, ni la sociedad requiere de un orden superior al suyo para vengarse, entonces ¿porqué impartir justicia y no mejor darnos el gusto de ejecutar la venganza del pueblo?.

viernes, enero 12, 2007

Enjoy the silence

Sí, claro, faltaba más.

jueves, diciembre 28, 2006

Una luz que nunca se apagará

Así como uno quisiera ser adulto sin dejar de ser niño, es decir, así como uno quisiera tener los beneficios de la adultez sin la carga de la responsabilidad; me gusta cada año que viene por todas las posibilidades que trae consigo, pero preferiría que cada cosa buena que viene se acumule con lo bueno ya vivido, y que no sea como la luz de un coche en medio de la noche en una autopista en medio del desierto, que ilumina unos cuantos metros delante conforme avanza, y conforme avanza va dejando a oscuras lo antes iluminado.
Quisiera que junto a los juegos y gestos de Romina que van a ir viniendo, se mantengan los juegos y gestos ya hechos, que junto a su carita de sonrisa pícara mirándome ayer en la noche, antes de dormir, se junten todas las palabras y los gestos que ha de regalarme antes de dormirse en todas las noches venideras.
Quisiera que junto a las caricias que Ross me ha dado intencional o no intencionadamente, como al pasar, se mantengan junto a todas las que ha de darme.
Quisiera que todos los recuerdos de mamá, papá y hermanos, compartidos o conocidos por boca de alguno de ellos, se junten con todo lo que hemos de experimentar o contarnos.
Quisiera que este año que viene sea como una buena canción, de esas que siempre vuelves escuchar, a cantar, y a imaginar todas las variaciones de su letra, pensando siempre a mi me hubiera gustado escribirla; o como una palabra dicha en el tono, modo y momento correctos; o como una foto, una buena foto en la que están juntas las caras sonrientes de las personas que quieres, y te miran en ese momento perpetuo, y te sonríen en ese momento perpetuo, y te dicen que te quieren, en ese momento perpetuo, y sientes que de verdad eres y siempre has sido querido.

jueves, diciembre 21, 2006

Razonando con Dios y el Diablo

Le digo, si nuestras vidas son como ríos y los ríos están contaminados, la contaminación es el pecado y es natural que seamos pecadores. Me mira fugazmente y vuelve a su posición contemplativa, de viejo sabio ante el ocaso del sol. Si llevamos el pecado con nosotros, prosigo, al desembocar en el mar lo contaminamos. No se inmuta. Si la muerte es la que nos acerca a Dios, y en ella yacen nuestros pecados, no es entonces nuestro destino la virtud, tan solo el pecado.
Me parece que ahora sí me va a hablar, algo en su gesto, algo en su terco silencio... me mira nuevamente, sonríe no con bondad sino con malicia, se pone de pie y se marcha.
Le grito, sin moverme de mi sitio, ¿qué hay de malo con el pecado?. Pero no me contesta, nunca me contesta.

miércoles, noviembre 08, 2006

Para siempre es hasta la muerte.

Pese a mi llanto y a mis ruegos, no me permitía acercarme lo suficiente como para robarle nada más que un mísero abrazo, ya que había decidido negarme sus besos.
Ella, parada frente a mí, siempre a dos pasos de distancia, se resistía a llorar entrecerrando los ojos, apretando los labios y mirando constantemente a algo bajo mis pies. Había decidido dejarme y esta vez era para siempre.
Para siempre, ella no lo entendía, significaba para mí una vida sin contenido, un parque inmenso amarillo y sin árboles frente a la ventana de mi cuarto. Para siempre, ella no quería entenderme, significaba echarse a volar sin alas desde el último piso de un rascacielos.
Le dije, al fin, que estaba bien, que no iba a humillarme más, que no iba a seguir implorándole que no me abandone, pero que por lo menos me regale el último abrazo. Le dije que no iba a llorar más por un beso suyo, a cambio de estrechar una vez más su cuerpo por un mínimo momento, porque en ese mínimo momento quedarían las cosas buenas compartidas, y las cosas buenas que algún día volverían a nosotros por distintos caminos, como vuelve la sonrisa por algo distinto a lo que segundos antes nos hizo llorar.
Vi un casi imperceptible gesto de duda, y aproveché para acercarme a ella. Su olor fue lo primero que me invadió, mucho mas fuerte cuanto que mientras más cerca la tenía, por esos pequeños segundos concedidos, más inminente era la pérdida.
Se dejó abrazar y me abrazó también, reclinó su cabeza en mi hombro, y aspirando el olor de su cabello, tan querido por mí, como cada parte de su cuerpo a punto de abandonarme, empecé a apretarla más y más contra mí, más y más fuerte, sin hacer caso de las lágrimas que como un torrente empezaron a brotar de mis ojos, ni de sus gritos que empezaron a estallar en mis oídos, como cuando en los viejos tiempos me gritaba que me amaba y sería mía para siempre.