jueves, setiembre 14, 2006

Alguien

Me detengo casi sin querer, casi instintivamente, en las imágenes planas de la televisión: restos de una casa incendiada. Además de las personas dolientes y de las curiosas por el sufrimiento ajeno, o por el sólo acontecimiento de un evento distinto al habitual, se puede ver paredes blancas manchadas por el hollín, restos de algo que puede ser una cocina de mesa, de un sillón rojo con ropa chamuscada encima, y de una cama con cartones y piezas de madera también chamuscados. No se puede saber si la habitación era cocina, comedor o dormitorio, aunque probablemente era las tres cosas a la vez.
No escucho lo que dice el reportero ni me importa. Esquivo las lágrimas de una señora entrevistada y trato de ver las imágenes de fondo. Irrumpe una mujer joven, con el rostro pálido pero no por la tristeza sino por el susto, no mira a nadie en particular, y no permite que la detengan, se dirige a un lugar cercano a lo que debió ser su cama, y de rodillas, sin soltar ni su cartera ni el folder que tiene en la mano izquierda (está vestida con un conjunto sastre de color gris azulado), se pone a buscar algo con desesperación.
La desesperación me atrae aún más, me intriga aún más. Hay algo más importante que la casa, que las lágrimas de sus probablemente padres, y que toda esa gente alrededor. Hay, para ella, algo más importante que todo eso, y casi da miedo ver que es, hasta que lo encuentra, lo toma en sus manos, se pone de pie, llora a gritos y se desmaya: Su Lap Top también se quemó.
Inmediatamente me viene a la mente el incendio de una de las casas del señor Biswas (el personaje principal de "Una Casa para el señor Biswas"). Pero no, en realidad no es exactamente eso lo que me viene inmediatamente a la mente, sino el porqué el señor Biswas compraba casas (destartaladas y feas todas): quería sentirse alguien, quería realizarse a través de los objetos ya que no conocía otro modo de ser más de lo poco que ya era.
Para esa mujer resultaba sumamente valiosa su Lap Top, así como para muchos de nosotros valen tanto los juguetes que vamos adquiriendo, y que nos ayudan a justificar dejar para después detenernos a pensar que somos nosotros los que tenemos que crecer y no las cosas que podemos tener.

martes, agosto 08, 2006

Concentración

Retrocedo, retrocedo, retrocedo. Estoy tomando impulso para saltar adelante, pero creo que ya es mucho lo retrocedido.
Pero ir hacia atrás es también avanzar, no?
Por más atrás que vaya, nadie podría decir que no estoy llegando lejos, porque lejos, lejos, se puede ir en cualquier dirección, así como en cualquier dirección puede uno llegar a ninguna parte después de haberlo intentado bastante.
Esta labor de tomar impulso no es, sin embargo, cualquier cosa. Hay que concentrarse, fijarse un objetivo (uno real y uno imposible, pero deseable), estimularse a lograrlo, obligarse a luchar por ello, no perder la perspectiva, desanimarse de vez en cuando para intentarlo de nuevo, y así seguir retrocediendo pensando que nada está perdido mientras se crea que algo se hará.
Algo se hará, sin duda. Por menos que uno sea, siempre se será alguien. Ser cada vez menos no significa hacer cada vez menos, se puede hacer muchas cosas, pensar muchas cosas, escribir muchas cosas, siendo cada vez mas un código de barras, una imagen borrosa de un hombre caminando por la calle en un comercial de jabones de tocador en que la imagen se centra en una chica alta de piernas largas que camina sonriendo, los labios delgados, y los dientes blancos, blancos, blancos, como las páginas del libro imaginario que no he de escribir, pero en el que pienso mientras retrocedo para tomar impulso.

lunes, julio 31, 2006

A lo que no es

De mi abuelo materno supe que era pastor evangélico y que fundó una pequeña iglesia en un Distrito de Trujillo, El Porvenir. Nunca lo conocí, y cuando murió nada se alteró en casa; ni siquiera mi madre sintió la pérdida, porque él nunca formó parte de su vida.
A mi abuelo paterno lo conocí hace unos 07 años. En las tres o cuatro veces que lo he visto desde entonces, la sensación de estar ante un extraño me ha impedido conversar con él, aunque físicamente se parece bastante a mi papá.
Mi abuelo paterno tampoco ha formado parte de la vida de mi papá, y cuando hace un par de días llamó una de sus hermanas para decirle que él se estaba muriendo y quería verle, no he notado nada distinto en su mirada.
No forma parte de mis recuerdos de infancia la figura de los abuelos, han existido en un universo paralelo al mío, y ahora que se están yendo sé que tendría que sentir que algo importante se esta perdiendo, pero no sabría decir bien qué.

martes, julio 25, 2006

Música es

Cualquier análisis político – periodístico de la situación actual del Perú, inicia o culmina o cita en cualquier momento, aunque no venga exactamente a cuento, la famosa y manida pregunta de Zavalita "¿en qué momento se jodió el Perú?".
Zavalita, al igual que Ambrosio (ambos personajes de "Conversación en la Catedral" de Mario Vargas Llosa), son perdedores, uno por vocación y el otro por formación. Zavalita, de buena familia, no sabe lo que quiere y está jodido por eso. Ambrosio, negro chinchano, ha supeditado su voluntad a quienes han sido sus patrones, y una vez libre para ser alguien, le faltan bolas y cerebro para serlo y llega a la vejez trabajando de apaleador de perros; jodido igual que los perros que apalea.
La pregunta de Zavalita no tiene respuesta aparente, porque aunque del mismo libro se desprende la causa (no sabemos lo que queremos ser o sabiéndolo no tenemos el valor de ir hacia ello), no resulta igual con el momento. ¿Estamos jodidos desde siempre o hay una etapa histórica en que empezamos a jodernos como país, como nación, como perspectiva histórica?.
Hay otra pregunta en ese libro, sin embargo, que tendría que haber sido analizada tanto como la otra. Zavalita sumido en sus pensamientos, en el colectivo que lo lleva a Barranco, piensa en muchas cosas a la vez, y en una de esas se detiene en la música criolla peruana (ésa de cajón y guitarra, ésa de "víbora, ése nombre te han puesto" o de "devuélveme el rosario de mi madre"), y se pregunta "¿porqué es tan cojuda la música criolla?".
¿Alguien se atreve a levantar la mano para opinar?

jueves, junio 22, 2006

What the difference does it make?

El mundo es plano, el tiempo es plano, los acontecimientos externos son planos... o al menos son planas las percepciones que tengo de todo ello.
Qué importan las series de Discovery Channel, los noticieros, las radios, si todo es una constante y continua repetición?
La radio, las emisoras reggaetoneras, las adulto-contempo, las salseras, hasta la doble nueve y su full música en inglés, no hace sino atontarnos con lo mismo que ya se escuchaba cuando nací y lo mismo que seguirá escuchándose, probablemente, cuando muera.
La diferencia hay que buscarla cada vez más acuciosamente.
Los argumentos rebuscados y pretenciosamente brillantes ya no son un estímulo para leer libros...
La diferencia hay que buscarla en la escritura misma, en la forma cómo se narran los hechos, en cómo las palabras son estructuradas para llevar al idioma a su máxima expresividad.
Las noticias trágicas ya no alteran casi, porque las tragedias personales o grupales se repiten cada día en todas partes, y todas partes llegan a ser ninguna.
La diferencia no sé dónde hay que buscarla, pero a veces hay diferencias y ésas son finalmente las que importan para el desarrollo de la percepción, para el desarrollo personal como ser humano y no como ganado con nombre propio.
El domingo 25 de junio se celebró el día del padre. Noticia irrelevante.
El lunes 26, en algunos noticieros destinaron unos cuantos minutos para pasar la tragedia de un padre que había perdido a su único hijo, de apenas año y medio, justamente el día del padre. Había muerto a causa del virus del VIH, por una transfusión de sangre infectada que le hicieron, al igual que a otros seis niños, en el Hospital del Niño, hace casi un año. Noticia triste, triste coincidencia, como bastantes otras.
Se puede emitir muchos juicios de valor sobre tal hecho, que pueden resumirse en: En el Hospital del Niño no sólo hay incompetentes, con responsabilidad administrativa, sino también delincuentes hijos de puta con responsabilidad penal. Que, como sucede en todos los casos, le han fregado la vida a seis o siete parejas, y en lugar de resarcirlos, cuando menos económicamente, ya que otra cosa no pueden esperar, se los pasea bajo el ardid de "la indemnización, de corresponder, debe ser declarada judicialmente".
Pero esos juicios de valor, con ligeras variantes, pueden hacerse para casi todos los casos trágicos de los que tenemos noticia diariamente.
Hay una diferencia, sin embargo: se acerca el reportero al padre, de espaldas en un primer momento, llorando ante un pequeño ataúd blanco. Se vuelve aquél, y la cámara le enfoca el rostro: No debe tener mas de treinticinco años, es trigueño, cabellos negros y lacios, despeinado, ojos rojos y tristeza como parte de sus rasgos. Dice mas o menos lo siguiente, con la voz entrecortada: qué iba a esperar que esto pasara, pensé que mi hijo iba a ser mas fuerte que yo, que iba a tener mas cosas que yo... que iba a estar mejor; nació, incluso, en un hospital.
Algo afectó en mi esas palabras, eso no suele oírse en los noticieros, por lo general "los deudos" (para incorporar un término periodístico) exhiben su pena y solicitan ayuda económica. Para él, que su hijo haya nacido en un hospital, qué importa que sea del estado, era un peldaño mas arriba de lo que seguramente le había tocado a él (como imagen de fondo, además del ataúd, los candelabros y las cortinas habituales, hay paredes sólo de ladrillos, sin enlucido, y unos cuantos banquitos de plástico), traído al mundo probablemente por una partera en un cuarto de piso de tierra apisonada, paredes de adobe y techo de calamina.
Lo mejor que quiso para su hijo, lo mejor que pudo hacer por él, terminó siendo lo peor.
Ésa muestra de dolor, es una de las pocas evidencias que de vez en vez tenemos de que el mundo no es plano, que el tiempo es curvo, que hay cosas distintas a lo ordinario, que somos humanos y no sólo una manga de desadaptados en sociedad.
Ésa muestra de dolor, es una de las pocas cosas que sacuden de verdad, sin cavilaciones ni reticencias, que hacen saber que podemos hacer nuestro el dolor ajeno.

viernes, junio 16, 2006

Un poema no empezado

Sólo lo he visto derrumbarse un par de veces en toda mi vida. La primera vez, cuando uno de mis hermanos decidió irse de casa teniendo 16 o 17 años, para vivir con su enamorada. La segunda vez, cuando le robaron la totalidad de su sueldo de ex policía.
En ambas oportunidades se tumbó boca abajo en la cama, la cabeza sobre los brazos, y no se levantó en todo el día.
En ambas oportunidades todo en la casa se puso gris y callado.
Nunca he conversado con él sobre esos temas, fundamentalmente porque casi nunca sostenemos conversaciones largas. Cuando yo era pequeño me cohibía su sola presencia, ahora que paso los treinta soy igual de lacónico que él, y casi no tenemos mucho que decirnos.
Serio y tan poco propenso a las muestras de afecto, papá intentó evitar que me fuera de casa también yo. Recién estaba por cumplir 19 años y ya casi había obtenido mi traslado a una universidad de Lima. Él se apareció un día por allí y nos fuimos a comer. Casi no hablábamos, y cuando lo hacíamos era solo para preguntar sobre cómo andaban los demás.
Justo antes de despedirse me dijo, ya eres mayor de edad y no voy a cuestionar tu decisión, sin embargo piensa que aquí no tendrás las comodidades que mal que bien tienes en casa, aquí no estará tu mamá para atenderte cada vez que lo necesites, ni estarán tus hermanos o yo para apoyarte en lo que se pueda.
Estaba yo ciego y sordo, porque la juventud a veces es como una mano que te tapa los ojos y los oídos para todo lo que es distinto a lo que quieres que sea.
Papá tenía razón, porque para que todo vaya bien siempre faltó que ellos estuvieran, tan solo estuvieran, no mas que eso, aquí conmigo.

martes, mayo 23, 2006

Dueño de muchas vidas

Distraido como estaba de tanto caminar con los ojos bien abiertos y las manos por delante, cuidándome de no golpearme con nada;
distraido como estaba buscando espacios frescos en los días soleados y noches abrigadas en invierno;
advertí de pronto, en el reflejo de mi rostro atento y de mis manos moviéndose incesántemente, en el reflejo de mi mirada desesperada tratando de verlo todo;
que yo solo era el mal sueño de otra persona de vida luminosa que probablemente en este momento estaría escribiendo de mí.